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La moneda local
La idea de una moneda local o “comunitaria” no sería tan criticable sino fuera porque Venezuela tiene los recursos humanos y materiales para ser, sino la primera, una de las economías más importantes e influyentes de la región, y no precisamente por el petróleo. ¿Cuándo lograremos la revolución en el ámbito de la economía? Será cuando las excusas de que la culpa es de los “gobiernos anteriores” o del “imperialismo” dejen de estar en la mente de nuestros políticos. Pero, por lo pronto, la cosas seguirán así.
Los proyectos de monedas comunitarias responden a ser paliativos a las situaciones de crisis económica en donde los ciudadanos necesitan, de alguna manera, satisfacer sus necesidades. Es un sistema de intercambio (moneda) que está creado para una determinada región o población en donde los habitantes de ese lugar pueden intercambiar bienes y servicios. Es una moneda, que en principio, no lleva intereses. Es local, es decir, no tiene validez fuera de ese lugar. Existe confianza, por lo menos en la teoría, porque al ser todos habitantes del mismo sitio, se conocen.
Establecer una moneda comunitaria en ciertos escenarios pueden traer algunas ventajas. Entre ellas contribuye con el problema de la liquidez en la economía local. Al ser una moneda que solamente es válida en esa comunidad siempre estará en ella evitando así que no exista falta de liquidez. Permite, además, que las transacciones aumenten entre los miembros de esa comunidad en la cual la dinámica de la oferta y de la demanda se entiende desde la perspectiva de satisfacer necesidades inmediatas. Otro aspecto a resaltar es que se trataría de una moneda que no genera intereses porque su único objetivo es facilitar la compra y la venta. Por último, la idea de la moneda comunitaria es que los productos que se compran y venden sean locales y ofrecidos por la propia comunidad.
Creo que no es justo tomar estas medidas, que aunque válidas, son un signo de políticas económicas que no están generando una distribución de las riquezas más equitativa. Pero, las personas con pocos recursos pueden ver una alternativa y el gobierno la posibilidad de seguir controlando las aspiraciones hacia una mejor calidad de vida de los ciudadanos.
Venezuela, democracia y vida

Ante el “socialismo, patria o muerte” proclamado por el presidente Hugo Chávez y el actual gobierno revolucionario hay que colocar en el debate de la opinión pública una alternativa: Venezuela, democracia y vida. Esta opción también es revolucionaria porque para que exista tiene que haber pluralidad de opiniones, diferencias y debate; pero un solo objetivo: Venezuela. En el caso del “socialismo, patria o muerte”, promovido al estilo del gobierno actual, no puede haber discrepancias con el poder, aunque estás diferencias sean con la finalidad de defender el país. Es un problema de autoestima y de control del poder: nadie puede contradecir las directrices del Presidente, del gobierno o del partido único (cuando esté constituido). En otros términos, quien quiera seguir subsistiendo en el país, y en el ámbito público, tendrá que decir “amén” como si se tratara de un dogma de fe.
El problema no es el Socialismo del Siglo XXI, porque en el fondo es un planteamiento democrático. El problema es que quien lo promueve controla el proceso para mantenerse en el gobierno. ¿Alguna vez el Presidente y los miembros del gobierno habrán pensado en dejar el poder? ¿Qué pasaría si en alguna de las elecciones tienen que hacerlo?
No cuestiono que el gobierno actual permita el debate, incluso se puede decir que ha sido permisivo al dejar que sectores contrarios a la revolución bolivariana y al país abusen de las posibilidades de estar en los medios de comunicación social para criticar, por criticar, al sistema. Pero, es parte de una estrategia comunicacional lógica cuando no existen alternativas reales que contradigan las medidas populistas. La mayoría de los venezolanos no pueden creer en una oposición que todavía piensa que puede tener cuotas de poder en el actual gobierno o aquella que cuestiona la poca ayuda que desde hace muchos años le fue negada al ciudadano. Mientras que para el gobierno los programas sociales son una ayuda, y seguirán siendo una ayuda, para la democracia es un derecho de los ciudadanos que el Estado cumpla con su obligación.
Cuesta imaginarse un país donde la política, si bien ha incrementado la participación, haya perdido elementos fundamentales de convivencia para construir proyectos comunes. Ante la realidad veo tres opciones: 1) Aceptar como fieles religiosos los dogmas del proceso revolucionario; 2) Asumir una oposición incoherente y radical; y 3) Trabajar para establecer puentes que puedan permitir, a ciudadanos de diferentes tendencias políticas, buscar espacios para la creación de estrategias democráticas que permitan la construcción de proyectos concretos en beneficio de la sociedad. No quiero un país donde el lema sea la “muerte”. Ya son bastantes las muertes de cada día para que además tengamos que justificarla.



